Por William Belgoff
Un filme con una gran contradicción
Sobre Whiplash corre la historia de un jóven músico que lleva al extremo la obsesión. Pero, a pesar de ser una película sobre música, no sólo es ella la que cuenta la historia. Aquí, la misma producción puso el foco en otras cosas, y más allá de que ello se haya logrado con o sin maestría, tal enfoque es muy evidente.

Su fotografía
La fotografía es un concepto artístico propio del cine. A través de ella, sobre la posición de la cámara y la toma de imágenes, los colores, los paisajes, la escenografía, la vestimenta de los personajes y demás, se configura un medio que aporta a la narración. A partir de ella, vemos los espacios significados. La vida y la muerte, la verdad o la mentira y todo aquello que podamos leer entre líneas a fin de que una trama se vea por medio de esteste artificio. Whiplash pone un gran acento en esto (hay películas que le pueden dar más o menos importancia, tampoco quiero señalar si este filme lo hace bien o mal).
Se ve una fuerte presencia de colores, de momentos, tonos pálidos, fríos, verdes azulados, azules, negros. A veces, contrapuestos entre los amarillos más cálidos de las luces de los escenarios o de los mismos platillos de la batería. Parecen dar este sinónimo de rectitud, de elegancia (que, al final, es otra cosa) una especie de armonía desarmonizada. Tal vez, esto nos da a entender lo que puede representar el Jazz cómo música. Ese arte que parece ser tan perfecto, donde ninguna corchea está de más ni debe salirse del pentagrama.
Esa forma exquisita que merece mucha concentración y práctica, una entrega que va más allá del cuerpo, casi dejándolo atrás. Y, a la vez, tratando de convertirlo en otra entidad, una especie de “no-cuerpo”. En un primer momento, el Jazz parece ser eso exquisito y perfecto: “si no tenés talento, acabas tocando rock” (Esto se lee en una escena del largometraje). Entonces, pensado todo esto, Whiplash no sólo es una película de música, evidentemente, es de imagen también. Y, si bien, vimos los colores y las escenografías, ¿qué pasa con los personajes? Pues bien, los cuerpos.

Los cuerpos
El cine estadounidense, desde los sesentas, le ha dado un valor muy explícito a la belleza física. Hoy en día, eso está modulado, pero no deja de estar. En este filme del 2014 tenemos la historia de Andrew, un muy joven músico que toca la batería. El perfil del actor elegido para el personaje es de casi un niño, un puberto, si se quiere. Es el más joven de la banda de la universidad de Shuffle. Se lo ve desalineado, contrapuesto a sus compañeros de banda que se observan mas maduros y “bien vestidos”.
Esa contraposición se percibe hasta en la primera agrupación donde encontramos a Andrew. Allí es el suplente del baterista Collonny, y hasta este personaje se ve mas maduro que el protagonista; un joven alto y esbelto. Terence Fletcher, es el director de la orquesta de Shuffle, el antagonista en el filme. El porta esta imagen de alguien elegante, duro, perfectamente alineado, de buena postura, ropa de color oscuro, movimientos exactos (tal cómo quién dirige un conjunto de Jazz). Hasta su cuerpo es el de una persona que denota que hace ejercicio físico.
Entonces, decimos una vez más, se ve muy presente este foco de la imagen, la perfección, la belleza. En este punto, pasamos a un nuevo eje, la contraposición entre cuerpos fuertes y cuerpos débiles, al fin de cuentas, entre la vieja idea de fuertes versus débiles, la clásica historia pseudo darwinista de la lucha de las especies, la supervivencia; la meritocracia.

Cuerpos fuertes contra cuerpos débiles
Terence Fletcher carga toda esta cuestión de la fuerza, del director perfecto de Jazz. Una figura muy exigente al punto de tener un carácter militarizado. Él recluta a Andrew, un prometedor baterista pero que aún es un niño. Y, el objetivo de Fletcher es llevar a ese niño a una transformación, al paso de un adulto, llevando su pasión al punto de una obsesión para lograr ser ese gran baterista de Jazz. Esto es procesado mediante prácticas extremas y, nos da a parecer, que en algún momento, la película va a criticar esta metodología ¿Pero, aquello sucederá?
Podríamos decir que la música es llevada por el cuerpo y que por eso está este enfoque. Eso es cierto. Para la práctica de un instrumento tenemos que hacer que nuestra corporeidad haga cosas que no suele hacer. Para tocar guitarra tenemos que hacer una coordinación en nuestras manos las cuales no están acostumbradas a esos movimientos. En la batería pasa algo similar. Si Andrew quiere ser ese baterista que él quiere (o que Fletcher quiere) debe llevar al paroxismo a su físico, tal vez así lo logre.
No quiero olvidarme una escena que se ve marcada esta idea entre fuertes y débiles y sus cuerpos. Cuando Andrew llega por primera vez a la orquesta de Shuffle, Fletcher detecta que alguien está desafinado y lo anima a que se identifique. Ante sus insistencias nadie responde, por lo cuál Terence se dirige a un personaje que no habíamos visto. Un muchacho algo fofo y con un poco de sobrepeso. También, su vestimenta está desalineada. Fletcher presiona a este muchacho para que confiese que es él quien está fuera de tono. Ante esa presión, el muchacho admite estar disonante y es echado por el director de la orquesta. Luego, Terence nos dice que no era ese muchacho el desafinado, si no, otro (un chico más esbelto). Pero, todo eso no importaba, porque el “chico débil” no tuvo el coraje de enfrentarse a Fletcher y decir que no era él quién desafinaba. Esto queda impregnado en la retina de Andrew, y la película, cómo que nos quiere señalar sólo esto, pero él espectador perspicaz detecta todo esto que está velado.

Cuerpo, salud, vida
Y sí, Andrew también, comienza a sufrir todos estos abusos. Entonces, entiende que debe superarlos, debe practicar más, debe ser fuerte. El cuerpo, también lleva a la salud, y la salud es vida. La vida se opone a la muerte, la no salud. A través de la práctica de este protagonista es cómo su físico es llevado al extremo. De la mano de esto, su mente comienza a obsesionarse y termina lastimando a su corporeidad. Otra vez la fotografía comienza a trabajar acá, vemos un recurso cinematográfico y narrativo que es el de la exageración.
Observamos cómo Andrew se lástima las manos, sangra de una manera exagerada, casi cómo un filme gore. El color rojo se hace muy presente en la mirada de la cámara. Así, el jóven sufre altibajos. Logra ser el baterista titular de Shuffle, gana un concurso, y pierde esa titularidad. En el medio de esto, va dejando a su vida. Se nos muestra que “abandona el amor” para lograr su objetivo. Deja a su interés romántico y, aunque intenta, no vuelve a recuperarlo. Cómo digo, esto se puede adjuntar al aspecto de la “vida” (“el amor es parte de la vida”), aún así, no deja de ser un carácter muy hollywoodense.
La gota que derrama el vaso es cuándo Andrew, a toda costa para no perder de nuevo la titularidad en la banda, hace de todo para llegar a horario a tocar en una competencia. Ese extremo lo lleva a casi perder la vida (el accidente con el auto). A pesar de ello, de tener a su cuerpo lastimado y envuelto en sangre, decide continuar y al sentarse en la batería, su organismo no lo acompaña a la hora de tocar y se pierde en los tiempos. Es decir, olvida a su cuerpo, a su salud y, por lo tanto, a la vida.

La vieja escuela de la meritocracia
En este punto, parece que la película va a criticar todas estas prácticas degenerantes con la denuncia que pretenden hacerle a Terence Fletcher; “para que esto no vuelva a suceder con otro estudiante” cómo dice la profesional a la que el padre de Andrew acude. Aún más, parece que la movie va a tomar este tono reforzándola con la escena en el bar en dónde el joven baterista y Fletcher parecen reconciliarse. Pero, nos han engañado.
En la escena final, descubrimos que el director de orquesta pretende vengarse de Andrew delante del público. Al no poder interpretar la canción que Terence propone, el baterista queda ridiculizado y va a los brazos de su padre. Y, aquí está esa engañifa, el filme nos ha sido una especie de Tartufo. Estamos obligados a denunciar este suceso.
La escena final es larguísima, no hay tanto dialogo, sólo algunas intervenciones entre Andrew, Fletcher y el contrabajista. Una vez que el personaje protagónico vuelve a sentarse frente al instrumento, la narrativa pasa por la música y la fotografía. El cuerpo vuelve a ser llevado el extremo, otra vez la sangre y el sudor sobre los platillos de la batería, de manera estrambótica. Otra vez esta idea de llevar al organismo a lo más allá, mas lejos de las posibilidades. Por ello la escena es tan larga y exagerada, para reforzar este concepto. Y, al final, nos dan esta idea de que el personaje puede superar, casi cómo un héroe trágico, los obstáculos, sus miedos y toda la superchería occidental y hollywoodense. El protagonista gana. Y, nos preguntamos: ¿Cuál es el mensaje que al final triunfa en la película?
En la última instancia, es la vieja idea de la supervivencia, ganan “los más fuertes”, el “no pain no gain”. La vieja escuela de la meritocracia, no mas que eso. Hollywood lo hace de nuevo, de una o de otra manera, nos vuelve a engañar para que creamos en sus viejas estratagemas. Ahora lo hace en el campo de la música.




































